martes, 7 de febrero de 2012

Olores de Sevilla

Un gran amigo mío me contaba hace no mucho cómo durante su niñez compartía edificio con el, por aquel entonces, jugador de U.D. Salamanca Jorge D’Alessandro, que más tarde sería técnico de media España. Antaño, los peloteros de nuestra liga en equipos modestos no cobraban lo que vienen cobrando hoy en día y era normal tener de vecino a un jugador de primera división, hoy algo impensable. El ir y venir cotidiano para este niño charro era, por tanto, una delicia. Teniendo al líder de su equipo de fútbol en cromos y en subidas y bajadas de ascensor —es decir, el “no va más”—, era la envidia del patio del colegio.

Fue entonces cuando este aspirante a adolescente se disponía a cumplir años, cuando todavía es un placer, y por sorpresa el portero dispuso de un balón de fútbol firmado por toda la plantilla como regalo para este simpático. No será difícil imaginar al lector que haya tenido una infancia en condiciones lo que algo así podía suponer. Me río yo del “como un niño con zapatos nuevos”. Donde se ponga un balón —y encima firmado— que se quiten los zapatos.

A los dos recreos y medio de este primer día más feliz de su vida, y estando el balón nuevo aún… pufffffffffff, pinchó este a las primeras de cambio con un insignificante cristal. Ante esto, el niño, entre indignado y triste, se dirigió a la puerta de la casa del mentado Jorge D’Alessandro y, tras llamar al timbre indolentemente y esperar a que abriera la puerta y mirara abajo buscando al perturbador, levantó este el impracticable cuero mostrando la obviedad, a lo que el argentino espetó:

—Che, nene, pero… ¿qué esperabas por 500 pesetas?

Sin querer concluir la anécdota con una moraleja, me viene como anillo al dedo la entrañable historia del niño y el balón.

Para un ex exiliado de la ciudad como yo, hay algo que es maravilloso: el olor de Sevilla. Muy conocido es el olor de primavera: una partitura de azahar e incienso, de polen y jacarandá, de algodones de azúcar, zotal de las 20:00 en feria y la manzanilla sanluqueña. Fragancia reconocible por todos, muy vistosa y muy palpable.
Pero… ¿qué me decís del invierno que se nos empieza a ir? Ese olor a chimenea de campo que cae por la calle Abades y ese olor a alhucema por la calle Córdoba se entremezclan con una cierta humedad en el ambiente y con bocanadas de humo de castañas asadas. Son estas castañas las que, además de darnos ese aire londinense —con una “niebla” que se corta por las esquinas—, nos dan el olor de esta ciudad en invierno: un tesoro.

Días y días he visto a estos asadores de castañas cargar con ese mamotreto de carro, calle Oriente abajo hacia el centro, con el frío y con la esperanza de llevar los cuartos a casa. Paseando por el centro los he observado sin vender casi nada y volviendo a casa con las manos negras y vacías de dineros. Y hoy, pasando cerca de uno de estos puestos, atestiguaba la reprimenda de un joven altivo a uno de estos vendedores de castañas, dadivoso impregnador de olores de invierno.
Estaba el joven reclamando 2 euros, pues al parecer, y después de comerse medio paquete, las castañas no estaban a la temperatura adecuada. A lo que el vendedor contestó reponiendo el daño con un nuevo paquete.

Ante aquella estampa me fui cantando bajito a mi casa con la pena de que ese joven de aires chulescos no hubiera sido ese niño ilusionado con estos regalos de la vida y, sobre todo, con la pena de que ese vendedor no hubiera sido D’Alessandro para contestarle.

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