Llegado el día del examen, el catedrático llamó al alumno recomendado para hacerle el examen en su oficina en privado, lo que transpiraba buenas intenciones. Aun así, al llegar, el estudiante empezó a enjaretarle preguntas sobre la materia por bajo, siguió sometiendo al joven duramente y, después de una hora de exigencia, le espetó:
—Muy bien, joven. Tiene usted un notable alto y recuerde: el estudiante recomendado tiene que venir el doble de preparado.
Pasó el tiempo y, casualmente, que bonita es la vida, se invirtieron de alguna forma los roles.
D. Francisco fue esta vez el apremiado por su mujer, ya que un sobrino necesitaba “una manita” con D. Alfonso, tío del alumno al que sometió con dureza. En este caso el alumno no era buen estudiante, era mas bien un "perla" que diríamos los que vamos para antiguos.
D. Alfonso, conocedor de la historia, recibió de la misma manera al sobrino: en privado, en su despacho. Le pidió que se sentara cómodamente y, con la mesa repleta de papeles y libros, le dijo:
—El examen va a ser oral y va a constar de una única pregunta: ¿De qué color es la corbata del catedrático que tiene usted delante?
—Roja, la corbata es roja.
A lo que el catedrático sentenció:
—Muy bien. Tiene usted matrícula de honor. Y, por cierto, dígale a su tío que es así como se trata a un alumno recomendado.
Y es que la semana pasada, hablando con un buen amigo, amigo de esos que, además de hacer favores, disfrutan pasando tiempo contigo en ese café rápido o esa cerveza donde la buena amistad florece, porque con 10-15 minutos se dice todo sin hablar mucho, tuve la oportunidad de recordar lecciones de mi padre. Y es que mi padre, dadivoso, generoso y desprendido hasta rozar la imprudencia, me recordaba en sus últimos años cómo hay favores que se hacen, pero no se hacen. Esos favores con “patita enharinada” y con su salsa del “más no puedo hacer” o su lacito del “ya es que yo me metería en un lío”... Presumo que al final de nuestros días esos no-favores, a veces, pueden darse una vueltecita por nuestras conciencias.
Y es que el favor que no tiene un punto de incomodidad, riesgo o que no comprometa ligeramente a la persona que lo hace no es favor, llamémoslo gestión, como fue el caso del alumno prolijo, que realmente no necesitaba recomendación.
Y aunque hay un proverbio inglés que reza “Haz un favor y te lo agradecerán; haz dos y pensarán que es tu obligación”, hay una frase no menos cierta de Albert Pike que sentencia: “Lo que haces por ti se muere contigo, pero lo que haces por los demás permanece”.




