Estaba una vez viendo un
partido de fútbol. Jugaba el Real Madrid en el Bernabéu contra cualquier
adversario de la liga, el cual no recuerdo. Las cámaras de televisión daban
testimonio visual de la amargura de los aficionados: lágrimas, caras de
amargura, manos que autotapaban bocas y mucho sufrimiento. El Real Madrid iba
ganando, pero parecía le iban a empatar, una tragedia total. Otra vez, mientras
vivía en Barcelona, me quedé perplejo ante la triste imagen de un Camp Nou que
respiraba profunda decepción, mientras su equipo “sólo” ganaba de cagalástima un partido difícil.
Todo me recordaba a la
triste historia de un huésped que tuve la oportunidad de conocer en un hotel de
gran lujo donde presté mis servicios. Esta huésped, una mujer de
aproximadamente 45 años, estaba acostumbrada a lo mejor de lo mejor, siempre a
las máximas y más refinadas atenciones, a ser el centro de las miradas. Ella lo
tenía todo: dinero, hombres, poder, pero en cuanto la idea que tenia en la
cabeza podía torcerse lo más mínimo, se venia abajo como una plañidera. Daba incluso cierta tristeza ver a alguien
tan frágil ante la más mínima eventualidad. Un día incluso, cuando descubrió
que nosotros, el personal del hotel, realmente no la amábamos hasta la muerte y
que no gozábamos al desvivirnos con sus caprichos, corrió llorando a la salida
prometiendo no volver cual esposa que descubre al marido con la amante.
El aficionado del Madrid
o el Barça es por así decirlo una contraposición al aficionado bético o
sevillista. No pretendo ofender a nadie con lo anteriormente escrito, y tengo
muchos amigos apoyando a ambos equipos, pero siento que dentro de cada uno de
ellos hay una pequeña cuarentañera que no entiende la vida (en este caso el fútbol)
si no es con todo viniendo de cara.
En el fútbol y en la
vida, la cosas vienen mal o bien, duras y maduras y normalmente para cualquier
mortal, por cada una de arena tenemos una de cal. Lo que diferencia a unos y
otros en la forma de navegar a través de estos avatares. Ser bético es para mi
un profundo orgullo, pero más orgulloso me siento de sentirme sevillano “a las
futboleras maneras”.
Ir camino del estadio con
los nervios del “que pasará”, apechugar un lunes de oficina con un ridículo de
tu equipo la noche antes a la espalda y luchar contra equipos más grandes sintiéndonos
David contra Goliat, son parte del ADN del aficionado sevillano al fútbol. Sentir
que tu ahí sentado das el aliento, eres el que va a hacer que tu equipo luche y
que con tu apoyo ganará…son palabras mayores.
Lo siento mucho merengues
y culés, tendréis títulos, dinero, estrellas, ect… pero nosotros tenemos algo
que no se puede comprar con dinero…
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