domingo, 20 de mayo de 2012

En el fútbol como en la vida


Estaba una vez viendo un partido de fútbol. Jugaba el Real Madrid en el Bernabéu contra cualquier adversario de la liga, el cual no recuerdo. Las cámaras de televisión daban testimonio visual de la amargura de los aficionados: lágrimas, caras de amargura, manos que autotapaban bocas y mucho sufrimiento. El Real Madrid iba ganando, pero parecía le iban a empatar, una tragedia total. Otra vez, mientras vivía en Barcelona, me quedé perplejo ante la triste imagen de un Camp Nou que respiraba profunda decepción, mientras su equipo “sólo” ganaba de cagalástima un partido difícil.

Intentaba en ambos casos ponerme en la piel de un aficionado de cualquiera de estos dos equipos. Las dos veces fracasé totalmente en el intento. Imaginaba lo que era ver monólogos semanales de sus equipos, goleada tras goleada sin que jamás hubiera la más mínima incertidumbre de cómo se podía resolver el encuentro. Imaginaba lo que podía sentir un aficionado que iba al campo y al que sólo le podía satisfacer un tipo de desenlace, y al que por el contrario cualquier otro final le podía producir el amargor ya mentado.

Todo me recordaba a la triste historia de un huésped que tuve la oportunidad de conocer en un hotel de gran lujo donde presté mis servicios. Esta huésped, una mujer de aproximadamente 45 años, estaba acostumbrada a lo mejor de lo mejor, siempre a las máximas y más refinadas atenciones, a ser el centro de las miradas. Ella lo tenía todo: dinero, hombres, poder, pero en cuanto la idea que tenia en la cabeza podía torcerse lo más mínimo,  se venia abajo como una plañidera. Daba incluso cierta tristeza ver a alguien tan frágil ante la más mínima eventualidad. Un día incluso, cuando descubrió que nosotros, el personal del hotel, realmente no la amábamos hasta la muerte y que no gozábamos al desvivirnos con sus caprichos, corrió llorando a la salida prometiendo no volver cual esposa que descubre al marido con la amante.

El aficionado del Madrid o el Barça es por así decirlo una contraposición al aficionado bético o sevillista. No pretendo ofender a nadie con lo anteriormente escrito, y tengo muchos amigos apoyando a ambos equipos, pero siento que dentro de cada uno de ellos hay una pequeña cuarentañera que no entiende la vida (en este caso el fútbol) si no es con todo viniendo de cara.

En el fútbol y en la vida, la cosas vienen mal o bien, duras y maduras y normalmente para cualquier mortal, por cada una de arena tenemos una de cal. Lo que diferencia a unos y otros en la forma de navegar a través de estos avatares. Ser bético es para mi un profundo orgullo, pero más orgulloso me siento de sentirme sevillano “a las futboleras maneras”.
Ir camino del estadio con los nervios del “que pasará”, apechugar un lunes de oficina con un ridículo de tu equipo la noche antes a la espalda y luchar contra equipos más grandes sintiéndonos David contra Goliat, son parte del ADN del aficionado sevillano al fútbol. Sentir que tu ahí sentado das el aliento, eres el que va a hacer que tu equipo luche y que con tu apoyo ganará…son palabras mayores.

Lo siento mucho merengues y culés, tendréis títulos, dinero, estrellas, ect… pero nosotros tenemos algo que no se puede comprar con dinero…





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