Fue en Talavera de la
Reina un 16 de mayo. José Gómez Ortega moría tras una cornada en el vientre. Como
dice la copla de Quintero, León y Quiroga “Sevilla aquella tarde se puso color
amarilla quebraita de color”. Toda
una ciudad llorando la muerte de un torero. Es difícil encontrar historias como
la de Joselito en el siglo XX en Sevilla.
Hijo de payo y gitana, su muerte con tan sólo 25 años, conmovió a toda España y por supuesto a
Sevilla. José fue devoto, hermano y benefactor de la Hermandad de la Macarena y
durante su corta vida financió multitud de obras benéficas. Al llegar su cuerpo
desde Talavera, tres días después de su muerte, Sevilla de forma más que
multitudinaria acompañó en un último paseíllo a José al cementerio de San
Fernando.
Años más tarde, la
familia encargó a Mariano Benlliure un mausoleo para la tumba del torero que
representara el amor de la ciudad por él. Benlliure no pudo estar más acertado:
en mármol de Carrara y bronce “dibujó” al pueblo de Sevilla llevando a hombros
al torero de Gelves a la tumba. El mismo pueblo de Sevilla financió dicho mausoleo por suscripción popular, la representación por ende, no pudo ser más fiel a la realidad.
En esa Sevilla de
principios de siglo, José no era el único ídolo taurino de la ciudad. Juan Belmonte,
revolucionario del toreo, hacía posible que la ciudad (hasta llegar la muerte
de José) se dividiera en dos: Belmontistas y Gallistas. Sevilla y su eterna dualidad
otra vez: Sevillistas y Béticos, Trianeros y Macarenos, Belmontistas y Gallistas… Obviamente lo tenemos en la sangre.
Juan Belmonte y José Gómez Ortega
eran amigos, pero dividían a la ciudad. Juan nació en la calle Feria, en plena
Macarena, pero era de Triana y manda en el Altozano mirando a la maestranza. Y
José nació en Gelves, pero era macareno hasta la médula. Eso es Sevilla: un
torero nacido en la macarena al que llaman el “Pasmo de Triana” y el otro
macareno hasta las trancas que nace al otro lado del río.
Decían que el párroco de San
Gil era Belmontista hasta el tuétano de sus huesos, pero obviamente y conmovido
con la muerte de José accedió a vestir a la Macarena de luto por primera y única
vez. Aún así, los Gallistas no quedaron satisfechos y quisieron rendir más
honores al torero vinculado con la hermandad. Fue entonces, cuando un grupo de
estos, pidieron al párroco que diera su beneplácito para llevar el féretro del
torero hasta el cementerio en el pasopalio de la Macarena. Ante la petición, el párroco
contestó airadamente:
- ¡Qué barbaridad! ¡Pero cómo pueden proponerme tal cosa! ¡Usar el palio
de la Virgen de la Esperanza! Eso sería todo un sacrilegio, y añadió... ¡Ni que se hubiera muerto Belmonte!

Fantástico, hermano del alma.
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